Sol, arena y mar...
Entre palmeras altas y esbeltas, rodeada de una brisa fresca, renovadora, diferente. Situada entre una montaña impecable con su castillo de diamantes, y un paseo que directamente te llevaba a las olas cristalinas, transparentes, traviesas como niños… Se encuentra el lugar donde paso todos los veranos desde que tenía 5 años o menos. Antes lo odiaba, odiaba el sonido metálico de las persianas contra mi ventana cuando hacia viento y las miradas que me lanzaba la gente como si fuera un bicho raro porque solo tenía dos amigos, los mas callados de la urbanización, y porque era tan tímida que parecía que siempre tenía cara de amargada. Odiaba mi cuerpo rechoncho en bañador y me tapaba casi inmediatamente con la toalla al cruzar la mirada con aquel chico medio rubio medio moreno acompañado de un cuerpo atlético, tenía mi edad pero estaba claro que él y yo nunca estaríamos a la misma altura.
Entonces llegaron (mis irónicos) maravillosos 17. Porque imaginaros que te pasas desde los 8 años soñando con el día en que se enamoraría de ti quién fue tu mejor amigo durante ese tiempo, desaparece de tu vida a los 11, y nuevamente reaparece trabajando en “el gran circo mundial” con un espectáculo de caballos y unos músculos de más. El resultado fue verle 2 días en un mes, miles de mensajes con poesías llenas de rimas malas y llamadas a altas horas de la mañana en muchos casos, hasta que me pregunté como podía ser la novia (según él) de alguien que a penas ves, y decía de verte de nuevo en diciembre cuando el circo llegara a la capital. Las palabras se las lleva el viento y mas cuando eres aún una inocente niña que nunca había salido ni besado a nadie, pensaba en casarse con él porque era por quién había suspirado desde hace tiempo y no soñaba con mas. La historia continuó aún después de acabarse por el teléfono para variar, mas llamadas ese diciembre, y mi cabeza no dejó de pensar en él hasta mucho después e incluso aún le guardo un rincón, con eso de ser mi primer amor.
Ese verano fue raro, no lo comprendí y aún sigo sin comprender los veranos de después. Perdí quilos y me pude poner por fin un bikini decente, me compré mi primera minifalda, camisetas ajustadas y sandalias con tacón. Para alguien que estaba acostumbrada a llevar pantalones y camisas anchas en invierno, pantalones cortos pasados de moda con la primera camiseta de mangas que encontrabas en la primera tienda, fue un cambio bastante radical. De repente la gente dejó de mirarme de esa manera y me observaban con otra cara que no me gustaba, me saludaban aquellos que en su día casi ni me hablaban y aquel chico comenzó a mirarme después de tantos años compartiendo piscina.
Desde entonces cada verano es la misma escena, me siento sucia y a veces incómoda. No me gustan esas miradas lascivas ni tampoco esas medias sonrisas, y con el tiempo acabas por hacerte la indiferente, de no ponerte nerviosa mientras te duchas delante de chavales y no tan chavales que te desnudan con la mente. De saludar y sonreír a la vez sin parecer idiota, de sentirme mal cada vez que hablo con alguien, porque la mujer me mira como si fuera una cualquiera y el marido no deja de sonreírme como si la vida fuera en ello. Y me parece aún mas raro cuando pasas por el lado de ese vecino que te miraba mal, te responde casi de mala gana al saludarte y cuando te bañas no deja de mirarte hasta que sales por las escalerillas y te vas a la toalla.
Pero aún así, es el único lugar donde me hace olvidar los malos momentos… Ya se sabe, como dice la canción de Luis Miguel:
Sol, arena y mar
Es todo lo que quiero ahora
No me queda mas
Sonreír y ver las olas





Lemon Guy dijo
Pues son los líos en los q te metes x pasar de patito feo a cisne ... pero a q a veces te invade la vanidad al saber q todos aquellos q ni te miraban ahora están como babeantes ante tu sola presencia jejeje ... a mi me pasa ahora con el gym ... antes q se me salían los rollos ni las moscas ... note q había bajado cuando los chicos fitness empezaron a prestarme atención.
20 Agosto 2008 | 04:45